DestacadosOpinionEntre líneas y grietas/ Colorín colorado, esta fantasía se ha esfumado

Ronny Aguilar25/05/2020

Columna por: Astrid Dzul Hori 

 

Colorín colorado, esta fantasía se ha esfumado

 

Dicen que somos lo que comemos, lo que leemos y con quien andamos, pero ¿y lo que fantaseamos? El ser humano crea narrativas para encontrar respuestas, hacerse nuevas preguntas, dejar un legado y/o entretenerse momentáneamente. Tal es el caso de las historias de las princesas de Disney, por ejemplo. Muchas de estas historias, en su versión original, tienen un tinte fantástico y sangriento -como “Sol, Luna y Talia” de Giambattista Basile, mejor conocida como “La bella durmiente” o “La cenicienta” de los hermanos Grimm-; sin embargo, aunque parezcan inverosímiles y se les hayan hecho críticas desde el feminismo por reforzar roles de género, fomentar el machismo y por la reivindicación de la heterosexualidad como la única manera de relacionarse amorosamente, ¿por qué son tan atractivas estas narrativas? ¿Acaso alimentan alguna fantasía? 

Las princesas de Disney son referentes importantes de la cultura mediática de consumo mundial, aun cuando su versión original es comúnmente desconocida. Las protagonistas constituyen estereotipos que las niñas, adolescentes y mujeres adultas siguen con entusiasmo, ya sea por su carisma, su belleza, sus proezas, por sus atributos dulces, delicados y apasionados, o por el sueño de conocer a su príncipe azul sin importar las adversidades por las que se esté atravesando. Pero ¿no será que estas narrativas son atractivas porque nos proveen de una estructura que dirige la realización de nuestras fantasías que, a su vez, agrupan los episodios de nuestra vida en una historia concreta?

Según los psicoanalistas Laplanche y Pontalis, una fantasía es un “guion imaginario en el que se halla presente el sujeto y que representa […] la realización de un deseo y, en un último término, de un deseo inconsciente” [1]. Relacionando estas historias de cuentos de hadas con la noción de fantasía, podemos pensar las historias de las princesas que, en tanto pertenecientes a un género narrativo, poseen una estructura que le da dirección a las fantasías de un individuo, con la intención de llevar a cabo la realización de sus deseos inconscientes.

¿Cómo es qué estas estructuras guían la realización de un deseo inconsciente? La narración comienza con un problema: un hechizo/maldición, un padre y/o madre de familia que no deja a la protagonista hacer su voluntad, una situación de abuso por parte de algún otro personaje hacia la protagonista o una situación de vulnerabilidad y desventaja. Posteriormente, la protagonista, por alguna situación que se suscita se da cuenta de que tiene que liberarse del problema en el que se encuentra, con el fin de explorar otras posibilidades.

Después, en su exploración hacia otra vida posible se topa con otro problema que le dificulta lograr sus objetivos; conoce a personajes con los que entabla una amistad instantánea y que la ayudan a conseguir su objetivo. Al final, logra el cometido deseado. La aparición del príncipe azul puede variar según sea la historia: algunas veces su presencia es la que provoca que la protagonista decida cambiar su vida, es decir, por conocerlo y sentir una atracción hacia él decide que quiere liberarse de su estado actual -como en el caso de Rapunzel y La Sirenita-; otras veces aparece como un personaje que también tiene intereses propios porque tiene una maldición sobre sí, por lo que necesita de la protagonista (y de paso se enamoran) -como en el caso de La Bella y la Bestia y La princesa y el sapo-; también puede aparecer al final para ser quien conduzca la historia hacia un final menos triste -como en el caso de Blancanieves, Cenicienta y La Bella Durmiente-. En todos los casos, el príncipe azul es parte de que se finalice la trama con un “y vivieron felices por siempre”.

Así como estas estructuras, existen otras más -existen tantas en la medida en que exista el lenguaje-. La forma en la que se acomodan los episodios de la vida de la protagonista y las consecuencias de ciertas acciones como enamorarse, desafiar el mal con su belleza y sus buenas intenciones, el deseo de liberación y luchar, son algunas de las características que, presumo, buscan replicar lxs espectadores en la vida real. Es decir, ser la princesa más allá de la pantalla. En este sentido, la estructura vehicula los afectos y el imaginario para que la fantasía del individuo se dirija a una determinada forma de realización, como si se tratara de una montaña rusa, en donde la estructura de la narrativa fuera la montaña y la fantasía fuera el carrito en el que se suben las personas: la estructura de la montaña marca los sitios en donde el individuo experimentará mayor vértigo y también descanso, así como el final de su recorrido.

Ligado a esto, está la preocupación de cómo incorporar la realización de la fantasía, en tanto que episodio, a la vida propia (como historia concreta), es decir, cómo justificar la realización de un deseo inconsciente, para adecuar su sentido a la vida que ya llevo o a la vida que quiero llevar. Si bien la fantasía es uno de los elementos fundamentales para que los seres humanos continúen imaginando y creando, ¿qué en la realidad nos hace querer realizar nuestras fantasías a partir de estructuras determinadas? ¿Por qué buscar replicar círculos viciosos de Disney en la realidad, donde la única forma de amor verdadero es el heterosexual, donde la belleza lo puede todo, donde se puede destruir una maldición con la ayuda de un hombre? Sí, desde hace un tiempo, se han reconfigurado las formas en que se presentan a las princesas, como es el caso de Brave y Frozen. Pero ¿por qué tendríamos que seguir deseando ser princesas hoy, siglo XXI?

Me pregunto si este tipo de estructuras son una respuesta/alternativa a contar nuestra propia vida como un montón de episodios, ante la imposibilidad de narrarnos siempre de la misma manera, ya que cada que contamos nuestra historia cambiamos detalles de los eventos y acontecimientos, como si no pudiésemos mantener una misma versión siempre. O más bien, ya no somos capaces, o no nos atrevemos, a imaginar otras estructuras narrativas, menos opresivas, para guiar la realización de nuestras fantasías, ya sean conscientes o inconscientes.

[1] Laplanche, Jean y Jean-Bertrand Pontalis. (1996). Diccionario de Psicoanálisis. Buenos Aires: Paidós, pp. 138

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