DestacadosOpinionEntre líneas y grietas/ “Preferiría no hacerlo” y otras formas de no alimentar la curiosidad

Ronny Aguilar18/08/2020

Por: Astrid Dzul Hori

 

Preferiría no hacerlo” y otras formas de no alimentar la curiosidad.

“Bartleby, con una voz singularmente suave y firme, replicó: -Preferiría no hacerlo”. Así contesta Bartleby, el escribiente, cada vez que se le ordena, se le pregunta si ya durmió o cuando se le motiva a salir del despacho donde trabaja. ¿Acaso ha perdido el interés por el mundo que le rodea? ¿Qué es lo que quiere Bartleby? ¿Qué puede quedar de su mundo si no tiene ni una pizca de curiosidad?

Bartleby, el escribiente, cuento escrito por el novelista estadounidense Herman Melville, nos provee de un relato en torno a un sujeto apático y desinteresado del mundo que trabaja en un despacho de abogados como escribiente. La frase a la que Bartleby recurre como respuesta a todo no pasa desapercibida para quienes han leído la historia de este personaje: preferiría no hacerlo.

Esta frase resulta interesante para pensar la curiosidad. Dicho tema es de especial relevancia dada la situación de aislamiento social en la que se encuentra la mayoría de la población del mundo. Si bien muchas de las actividades ya se han reanudado, la mayoría ha cambiado de formato por las diferentes precauciones sanitarias que se han implementado para evitar la propagación del virus. En ese sentido, pensar la curiosidad nunca había sido más imperioso porque, ¿cómo será ahora ir a trabajar o a la escuela, asistir a una reunión de amigos, ir de viaje, festejar una boda, organizar un coloquio, o asistir a un funeral? Responder esta pregunta requiere no sólo de la creatividad, sino también de la curiosidad.

La curiosidad es, según el diccionario Mi pequeño Larousse, el “deseo de saber y averiguar algo”. Esta definición puede connotar que la práctica de la curiosidad conduce al mal y/o al error, como en el dicho “la curiosidad mató al gato”. O siguiendo el pensamiento de Agustín de Hipona, santo, padre y doctor de la Iglesia católica, quien afirmaba que la curiosidad es una concupiscencia que aleja al hombre de Dios; cabe recalcar que Agustín era de la idea de que el ser humano es intrínsecamente malo, por lo que se le debe inspirar miedo al infierno para mantener a raya su comportamiento.

Pero ¿no acaso la curiosidad ha sido el punto de partida para que la humanidad descubra e invente en los diferentes campos del conocimiento? Si a Newton no le hubiese dado curiosidad saber por qué las manzanas caen del árbol directo al piso, no se sabría que se trata de la gravedad. La curiosidad es lo que permite ir más allá de los límites entre lo familiar y lo novedoso. Lo familiar mantiene a las personas en una zona de seguridad y confort porque es “lo conocido”; lo novedoso, implica algo nuevo que cambia ligeramente las formas de hacer, tener o pensar algo, pero no tanto como para sentir terror. La curiosidad es capaz de traspasar estos límites de “certidumbre”, de husmear en los puntos ciegos y sondear a tientas por la oscuridad. En este sentido, se trata de una actitud ante los problemas, que rechaza la frase preferiría no hacerlo. La curiosidad por sí misma no es mala ni buena; su estatus moral se designa por cómo se realizan ciertas prácticas guiadas por una actitud curiosa y qué se hace con las respuestas (o las nuevas preguntas) que se han obtenido. En este sentido, la curiosidad debe ser responsable de sus medios y fines.

De igual manera, la curiosidad no supone estar libre de prejuicios ni de deseos, ya que nunca se está libre de estos; más bien, es una invitación a ir más allá de sus muy delimitados márgenes y reflexionar otros escenarios posibles. Saber que la curiosidad también es prejuiciosa y que puede ser liderada por un deseo sirve como ejercicio de auto-examinación y autoconocimiento, ya que los nuevos descubrimientos o inventos, en la medida en que sean distintos a las propias creencias y remuevan sus sedimentos, situarán a la persona en la difícil tarea de tomar una decisión: ignorar lo aprendido o transformarse para potenciar sus capacidades y habilidades, así como para desarrollar nuevas.

Nuevos problemas requieren renovadas soluciones. Un muy buen ejemplo es el constante uso de las tecnologías para comunicarse e informarse (como las computadoras, los celulares, las tabletas, los relojes inteligentes, etc.). Estas nuevas tecnologías, cada día con más aplicaciones integradas para facilitar la vida de los seres humanos, nos hacen cuestionarnos, ¿aun se puede ser curiosx? ¿O el uso de nuevas tecnologías ha fomentado la pérdida de la curiosidad? Si se parte del supuesto de que la curiosidad es una actitud que no es ni buena ni mala, sino lo son sus resultados, entonces, afirmar que las nuevas tecnologías proveen de pasividad intelectual y física supondría una actitud poco adecuada para aproximarse a ellas y usos nada constructivos, ya que se está interesadx en la comodidad y la conformidad. De igual manera, los resultados obtenidos no se aceptan como consecuencia de una decisión deliberada, sino que la persona se exime de cualquier responsabilidad y le echa la culpa a la mano invisible que diseña y produce dichos artefactos (como si sólo eso fuera el origen de los problemas).

Hoy más que nunca, las TICs (Tecnologías de la información y de la comunicación) son una herramienta para repensar y reconfigurar las formas de estudio, trabajo y sociabilidad que ha provocado la pandemia. Rechazar una actitud curiosa ante ellas limita el margen de acción para solucionar los renovados problemas que desfilan uno tras otro a la vuelta de la esquina. Hacer a un lado la frase preferiría no hacerlo para descubrir nuevos usos y aplicaciones para la tecnología, podrá facilitar la vida de muchas personas constructivamente y no desde la pasividad intelectual y física de la que tanto se acusa a ciertos artefactos de ser causa.

Dado que la curiosidad es una actitud con resultados potencialmente buenos y malos, las “buenas prácticas” de la actitud curiosa son responsabilidad de cada persona. Hay que recordar que aproximarse al mundo con curiosidad tiene muchas implicaciones morales, políticas, estéticas, epistemológicas, etc., que no sólo atañen a quien se aproxima, sino a quienes le rodean. En ese sentido, imponer no es opción, sino fomentar la curiosidad para mirar los problemas desde múltiples perspectivas y tejer soluciones más eficientes y eficaces para todxs. 

Seamos curiosxs. Si la curiosidad mata al gato, aún le quedan seis vidas más.

 

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