DestacadosLocalEntre líneas y grietas/ Cuando la violencia es burocracia. Y la burocracia olvido.

Ronny Aguilar20/09/2020

 

Fotos de @sashe

Columna por: Astrid Dzul Hori

 

Cuando la violencia es burocracia. Y la burocracia olvido.

¡Ni perdonamos ni olvidamos! Porque, ¿cómo perdonas lo que nunca se reconoce como agravio y cómo olvidas lo que sigue sangrando cual herida? 

El pasado viernes 4 de septiembre varios colectivos de mujeres y feministas tomaron las oficinas de la Comisión Nacional de los Derechos Humanos en la Ciudad de México. Las instalaciones se convirtieron en la Casa Refugio Okupa para los familiares de víctimas de feminicidio. Además de exhibir la comida gourmet que llenaba las alacenas de dichas oficinas, pintaron los cuadros de los “héroes patrios” que decoraban las paredes.

Las mujeres que tomaron este espacio exigieron justicia por sus fallecidas y por sus víctimas, así como la renuncia de la actual presidenta de la CNDH, Rosario Piedra Ibarra. A todo esto, en su mañanera, el presidente Andrés Manuel López Obrador afirmó: “claro que no me gustó. Como me va a gustar ver a Madero ultrajado. El que afecta la imagen de Madero, o no conoce la historia, lo hace de manera inconsciente o es un conservador. O sea, es un pro-porfirista”. De igual manera, comentó que las víctimas tienen derecho a manifestarse, pero “esas no son las formas”.

“Esas no son las formas” es el comentario que reciben las protestas de mujeres feministas y no feministas cuando se salen de las líneas convencionales, que son, marchar en Reforma los martes y jueves en el carril de la derecha, en el caso de la Ciudad de México. O congregarse fuera de alguna oficina, arrinconadas, a la espera de que alguna autoridad las atienda. Junto con “esas no son las formas”, la acompaña la sugerencia simplista “lo que se debe hacer es reformar la institución” (y en el caso de la CNDH, “y no destruirla”).

Primero que nada, es claro que la justicia no se obtiene por el acto mismo de romper, quemar o rayar. Esto se ha entendido mal. Estas acciones son para cesar la sordera y la ceguera social con la que muchos discursos progresistas y pacíficos disfrazan la desigualdad y la violencia contra las mujeres en México. Una vez que se muestra la putrefacción y el hedor de la herida, esta no puede ser evitada, por lo que se ve en la imperiosa necesidad de ser curada. Ahí es donde comienza la ardua tarea de exigir justicia. Por eso, no sólo fue una marcha, romper o quemar, fue tomar lo que se ha pedido y sordamente se ha ignorado, que es, ayuda para las familias de las víctimas por feminicidio. Especialmente, a lxs niñxs que quedaron huérfanxs por feminicidio.

Segundo, el comentario del presidente plantea un dilema tramposo con una acusación sin escapatoria: si rayas a Madero, o no sabes lo que haces, ya sea por ignorancia o por inconciencia (y habría que preguntarle qué entiende el señor presidente por “inconciencia”), o eres conservadora (pro-porfirista). Esta formulación parece una forma sutil de desviar el problema central. ¿Acaso a lxs familiares de las víctimas de feminicidio les interesa la perorata de si son o no conservadorxs? ¿De si son pro-porfiristas? No creo que sea de su interés, y más si los casos de sus fallecidas y de sus víctimas tan sólo son cifras que no se reconocen bajo sus respectivos nombres propios. 

No es gratuito el uso de la palabra “conservadores”. Bien es sabido que el presidente hace distintivos entre el pueblo que representa y sus antagónicos, los conservadores. Entonces, si supone que quienes no veneran los mismos símbolos que él, están en su contra, quienes estén en su contra no forman parte del “pueblo mexicano”. Por tanto, no los representa. En ese sentido, al plantear ese dilema tramposo, ¿supuso que estas mujeres no forman parte del pueblo que él representa? ¿La democracia es para algunos cuantos que comulguen con la misma ideología que su mandatario? Valdría la pena indagar más a fondo. De igual manera, recordar que el adjetivo “conservador” es un arma de doble filo que puede provocar que el mismo pueblo se antagonice entre sí, y también un rezago de las demandas de las mujeres que exigen justicia por no formar parte de la agenda política del presidente.

Ahora, si la máxima autoridad de un país no reconoce dichas movilizaciones y las categoriza como vandálicas y etiqueta a sus agentes como “conservadores”, teniendo en cuenta que es un adjetivo que alude a los sujetos antagónicos dentro de su administración, entonces, ¿qué se puede esperar del reconocimiento de las instituciones que derivan de su mandato y de su forma de proceder? No parece que la diplomacia sea una opción porque, ¿cómo dialogar con quien no tiene voz ni mirada? Ante esta falta de reconocimiento, las mujeres en Okupa, tomaron y resignificaron un espacio para habitarlo, de tal forma que le dé un nuevo sentido y camino a la búsqueda de justicia. Porque no se trata de un acto de “destrucción” como se ha comunicado de boca en boca, sino de la toma de un espacio que se ha reapropiado para un fin central: preservar la vida (que se supone que es una de las pretensiones de los derechos humanos). Cuando las instituciones cuyos pilares se fundamentan en la justicia, la libertad, la igualdad y la vida ya no tienen sentido ni función teórica ni práctica, su presunta presencia estorba. Por eso, tomar sus oficinas es como tomar moldes vacíos que pueden ser reconstruidos y llenados con nuevos contenidos.

Por último, pero no menos importante: el exceso de la burocratización de las demandas no es tomar cartas en el asunto. Es decir, crear excesivas ramificaciones en las instituciones que atiendan los asuntos de violencia y abuso de género, pero supeditadas a los tiempos y formatos de una jerarquía interminable sólo sirve para burocratizar la violencia. No se erradica, sino que se traspapela, de tal forma que los escritorios y los archiveros rebozan de casos a medias, de casos olvidados, sin ninguna resolución aparente mas que esperar (y peor cuando hay algún cambio de administración o cuando la grilla política está a la orden del día). “Reconstruir la institución” se ha entendido como ramificarla más; entonces, son más los escalones que hay que subir (o bajar) para lograr el cometido final. Cuando la violencia se lleva a asunto de oficina y es tan importante como lo es una carpeta más, cabe cuestionarse, ¿no hay otras formas de conducir procesos para la impartición de justicia que preserven mejor la vida? Es lo que nos queda a todxs de tarea.

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