DestacadosOpinionEntre líneas y grietas/ De los narcos o los nuevos falsos ídolos

Ronny Aguilar09/05/2020
Columna por: Astrid Dzul Hori 
De los narcos o los nuevos falsos ídolos

 

“Carteles unidos es la nueva empresa. El mayo comanda pues tiene cabeza. El chapo lo apoya juntos hacen fuerza. Carteles unidos pelean por sus tierras”, dice el himno a los carteles, entonado por El Komander. Si bien es una canción que puede inspirar, divertir, molestar o impactar a las personas, ¿qué implicaciones hay que sea cantada? De esta misma manera, ¿qué implicaciones hay ver las narconovelas?

Así como la SEP, a través de los libros de texto gratuito, nos ha contado las historias de los “héroes que nos dieron patria”, también la música y el cine son medios que sirven para recordar determinados acontecimientos y personajes, y para generar ciertos afectos en torno a estos. En ese sentido, los narcocorridos y las narconovelas -o narco series- puntualizan elementos del narcotráfico, dentro de un contexto social, político y económico particular, a través de los cuales se exalta a quiénes recordar, el porqué, cuáles fueron sus hazañas y sus errores, quiénes estuvieron involucrados, etc.

Es decir, dirigentes de carteles como el Chapo Guzmán, Pablo Escobar, los hermanos Beltrán Leyva, Juan Pablo Ledezma, entre otros, quedan inmortalizados a través de este tipo de canciones y producciones televisivas.

Si bien el narcotráfico se ha consolidado como un sistema, ya que involucra relaciones de poder, una determinada forma de organización social, valores, afectos, reglas y prácticas muy peculiares como la tortura, la violación y el asesinato, ¿qué lugar merecen los narcos dentro de la memoria colectiva? ¿Cómo debemos narrar su lugar dentro de la historia? 

La importancia de cuestionarse el lugar del narcotráfico en la historia es fundamental para entender qué aportan las narconovelas y los narcocorridos a la memoria colectiva. Especialmente, las narconovelas no fomentan “antivalores”, sino que instauran nuevos a partir de los cuales la sociedad juzga ciertas acciones como buenas o malas, tomando como criterio los parámetros establecidos por los narcos.

De igual manera, se comienzan a justificar acciones como el asesinato, el robo, la violación y las torturas apelando al “bien común”. En este sentido, los contenidos de las narconovelas propician la reestructuración del tejido social, normalizando la violencia como la nueva forma de vida a la que no queda más que resignarse: “Bazucas, granadas y chalecos antibalas; blindaje en las calles, en camionetas sin placas, cobrando las cuentas y deudas pendientes. Raite a domicilio, les llevo la muerte y así en pedacitos, colgados de un puente, comando y dirijo a toda mi gente” como dice Calibre 50 en “Ajustes inzunza”.

En cuanto al cómo narrar la historia, es muy peculiar la manera en que en narconovelas como Sin tetas no hay paraíso, El señor de los cielos, El Capo, Pablo Escobar: el patrón del mal, El Chapo, Narcos, etc., los líderes de los carteles son representados como una especie de Robin Hood contemporáneo, cuyo carácter paternalista de tinte mesiánico es una forma de imponer orden y asegurar el progreso del negocio y el resguardo de la familia: “Es criminal con heroísmo y heroico con audacia y ostentación. Todo lo empuja por ese camino, y todo inflama su entusiasmo; no reconoce tierra ni cielo, sólo la fuerza de su pasión convulsiva […]” como menciona John Ford de uno de los personajes de su obra teatral Tis pity she´s a whore.

Dichas cualidades dan paso a imaginarios de masculinidades fundamentadas en la violencia y en la cosificación de todo y tod@s con el fin de alcanzar sus objetivos.

Aunado a eso, en los imaginarios femeninos se refuerza la servidumbre de las mujeres y la hipersexualización a través de su apariencia y de sus pretensiones siempre seductoras; de cierta forma, son como “heroínas domésticas” que respaldan con acciones u omisiones el negocio ilícito del padre, del hijo o del marido. Las dos excepciones de la “heroína doméstica” son La Reina del Sur y Señora Acero, en donde las protagonistas son las dirigentes de carteles de droga; no obstante, antes de lograr su liderazgo en el crimen organizado eran amas de casa o estaban relegadas al hogar por ser madres o parejas. Estos imaginarios de los hombres y las mujeres constituyen la base para nuevos estereotipos en donde operan criterios estéticos, éticos, económicos y afectivos, así como las formas de ser exitos@ a través de la corrupción como un panorama ya dado, como si se tratase de algo determinado e inamovible.

Es muy delgada la línea entre crear entretenimiento a partir de estos temas y crear ídolos con los que la gente se puede identificar. Los límites se desdibujan muy fácilmente si los acontecimientos retratados en la narconovela están demasiado retocados con elementos ficticios, de manera que es más complicado distinguir la verosimilitud de los hechos y tener un acercamiento crítico al tema. 

Si las narconovelas y los narcocorridos se convierten en autoridad para narrar las historias de estos dirigentes, lo que surgió como un medio de entretenimiento puede convertirse poco a poco en un eje dogmatizante a través del cual se normalice en la población el narcotráfico y sus consecuencias. Puede ser que a la brevedad se cuenten las hazañas de estos falsos ídolos como si hubiesen sido héroes o heroínas; se narren como los transformadores sociales en momentos de crisis, se pinten murales con sus rostros y se erijan monumentos que alaben su grandeza, benevolencia y asertividad. Estas pueden ser las consecuencias de permitir que las narconovelas y los narcocorridos se conviertan en elementos constitutivos de la cultura popular. 

Más que una invitación a que dejen de ver narconovelas, o escuchar narcocorridos, es una invitación a reflexionar el consumo mediático: cómo me están contando las historias, por qué me las cuentan de esa manera, qué repercusiones tiene en mí considerar como fuente de primera mano lo que dicen, por ejemplo, de Aurelio Casillas en El señor de los cielos, y si estoy diespuest@ a que los y las que me rodean, así como las próximas generaciones, repliquen las violencias en su entorno de la manera en la que el narcotráfico lo ha hecho.

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