LocalOpinionEntre líneas y grieta / Mito, ¿realidad o ficción?

Ronny Aguilar26/04/2020

Columna por: Astrid Dzul Hori 

Mito, ¿realidad o ficción?

 

“Los mitos relatan la verdad del alma” dice la cronista colombiana Diana Uribe, pero ¿cuál es esa verdad? Parece que, aunque las sociedades contemporáneas se jactan de la complejidad de sus avances científicos y tecnológicos, la razón (logos) no ha desplazado del todo al mito (mythos), sino que coexisten en un paradójico equilibrio: aquel “pensamiento mágico” busca responder a ciertas cuestiones que la ciencia no ha podido, y, a su vez, complejiza las relaciones que tenemos los seres humanos con el mundo en el que habitamos, y que no logramos entender ni comprender del todo.

Es tan cercana la realidad al mito, que podemos preguntarnos qué tanto de realidad hay en el mito y qué tanto de mítico hay en la realidad. Esta cercanía es, en parte, porque vivimos los mitos. ¿Qué implica vivir los mitos? Salir de la cotidianeidad para enfrascarse en una serie de experiencias que transforman a la persona dentro del entorno en el que se encuentra. De manera que se reactualizan acontecimientos fabulosos que, a su vez, modifican cómo se interiorizan ciertos elementos de un determinado entorno. Es decir, vivir los mitos es traer al presente aquellos acontecimientos que tuvieron lugar por primera vez más allá de la cronología que conocemos.

Un ejemplo de cómo se viven los mitos es el caso del hombre lobo en Chiapas. El pasado 11 de abril se difundió la noticia de la presunta aparición de un hombre lobo en el poblado de Coita, en el estado de Chiapas. Con el transcurrir de los días, los habitantes del poblado han solicitado a las autoridades que dispongan de elementos de seguridad para que busquen a la bestia y protejan a la ciudadanía. Algunas personas han sugerido que se trata de un nahual: hombre que tiene la habilidad de convertirse en animal. Lo interesante de este caso, que puede parecer ridículo, es que la aparición de esta criatura mitológica haya surgido en el marco de la pandemia del COVID-19. De esta situación surge la posibilidad de cuestionarse, ¿por qué se reviven ciertos mitos en el marco de un determinado acontecimiento? ¿Qué podemos decir del contexto en el que reviven ciertos mitos? ¿Cuáles son los usos políticos que se le pueden dar a los mitos, más allá de su carácter ficticio o sagrado?

Antes de continuar con indagaciones, hay que tener en cuenta que el mito tiene dos principales acepciones: la primera como “ficción” o “ilusión”, y la segunda como “tradición sagrada, revelación primordial, modelo ejemplar” [1].

De igual manera, la principal diferencia entre el mito y el cuento o fábula es que el primero es considerado una historia verdadera, es decir, que sucedió en la realidad, y los segundos, como historias falsas, es decir, que son producto de la fantasía y de la imaginación. Respecto a la leyenda, esta corresponde a un mito despojado de su significación religiosa, por eso, en muchas ocasiones “mito” y “leyenda” se usan indistintamente. 

Con la finalidad de problematizar la importancia del contexto para revivir ciertos mitos, me parece pertinente recuperar algunos ejemplos emblemáticos, pero también muy conocidos: el caso del hombre lobo de Gévaudan, en Francia, Vlad “el Empalador”, en Rumania y Candyman, en Estados Unidos.

El hombre lobo de Gévaudan fue un caso paradigmático que sucedió en el sur Francia, entre los años de 1764 y 1767. Se especulaba que un hombre lobo acechaba al poblado de Gévaudan; los registros datan alrededor de 210 casos. Fue hasta 1767 que Jean Chastel asesinó a la presunta bestia con la intención de cobrar la recompensa que ofrecía el rey de Francia. Fue el primer caso registrado en el que se usaron balas de plata bendecidas para vencer a un hombre lobo.

Este caso, en el que se revivió el mito del hombre lobo, se suscitó en el marco de una serie de transformaciones sociales significativas, no sólo para Francia, sino para toda Europa: la expulsión de los jesuitas de Francia, el comienzo de la Ilustración (en 1764 se publicó la Enciclopedia de Voltaire) y el final de la Guerra de los Siete Años. De igual manera, es curioso que la zona en la que ocurrieron los asesinatos se caracteriza por la presencia de lobos.

Vlad Țepeș, mejor conocido como Vlad el Empalador o Vlad Drácula, fue príncipe de Valaquia entre 1456 y 1462. Sus apodos se le adjudicaron porque se especula que solía beber la sangre de sus enemigos y porque los empalaba en los campos de batalla, introduciéndoles lanzas por el recto. 

La figura cruel de Vlad Drácula se dio a conocer a través de las crónicas alemanas, eslavas y otomanas, que se compartieron más allá de los límites de Rumanía, y que sirvieron de inspiración a Bram Stoker para su obra maestra, Drácula, que trascendió la figura de este personaje más allá del tiempo. De igual manera, el comunismo soviético, a finales de 1947, influyó en la concepción que se tenía de Vlad III como héroe nacional.

De esta manera, mientras que para unos es considerado uno de los gobernantes más importantes de la historia de Valaquia y héroe nacional de Rumanía, para otros, fue un asesino cruel y despiadado que masacró a sus enemigos durante los conflictos armados con Hungría y con los sajones de Transilvania. Todo depende de quién lo cuenta y cómo.

Candyman es un mito urbano de un esclavo negro que asesina por venganza. La leyenda cuenta que, si dices candyman cinco veces frente a un espejo en la noche, aparecerá y te asesinará con su gancho. El protagonista de este mito era un esclavo de los antiguos sembradíos de algodón en Nueva Orleans, en los Estados Unidos. Tras un encargo del capataz, el esclavo conoce a la hija de este, y se enamoran. Al enterarse, el padre de la joven lo manda a expulsar del pueblo. Una vez que lograron acorralarlo, le cortaron la mano derecha con una sierra oxidada, lo bañaron en miel y lo arrojaron a una colmena. Se dice que antes de su muerte, maldijo a sus agresores jurando volver para cobrar venganza.

Es interesante cómo este mito reivindica las diferencias entre grupos étnicos (blancos y negros), fomenta la segregación racial, refuerza los afectos negativos hacia las personas de color (como el miedo y la desconfianza), y las vincula con la brujería, la santería, la hechicería y otras prácticas místicas a las que comúnmente se les atribuye una relación con el diablo. De igual modo, el imaginario de las personas de color que se produce a través de este mito es el de concebirlas como despiadadas, vengativas, quebrantadoras de las leyes, y en constante enemistad con las personas blancas.

Los mitos revividos que se mencionaron pueden ser producto de una crisis de sentido de la relación del ser humano consigo mismo, en su respectivo contexto. Vemos que detrás del carácter fantástico, terrorífico e ilusorio de estas narrativas, hay determinadas coyunturas que dan pauta para revivir los mitos, como las guerras, la desigualdad, el conflicto de intereses y, en el caso del hombre lobo de Chiapas, la enfermedad.

Parece que recurrir a una figura mitológica como el hombre lobo desalienta a las personas a creer en otras cosas, como el COVID-19. Hoy por hoy, los mitos, más que alejarnos de la realidad, nos acercan a ella desde otras perspectivas y bajo otros criterios. No olvidemos que, así como el ser humano creó la ciencia para construirse un lugar en el mundo, también narró su pasado a través de los mitos. Mitos que pueden manipular los afectos colectivos.

En este sentido, es importante pensar los usos políticos que se le pueden dar a los mitos, principalmente por dos razones: 1) por el comportamiento mítico que conllevan y 2) porque nos enseñan el dónde y el cómo de ciertas cosas, es decir, su origen. Respecto al comportamiento mítico, Mircea Eliade afirma que “lo que nos importa, ante todo, es captar el sentido de estas conductas extrañas, comprender su causa y la justificación de estos excesos.

Pues comprenderlos equivale a reconocerlos en tanto que hechos humanos, hechos de cultura, creación del espíritu -y no irrupción patológica de instintos, bestialidad o infantilismo-.” [2] El uso de ciertos mitos en contextos sociales turbulentos no son casualidades ni infantilismos de las personas, por el contrario, dicen más entre líneas de lo que parece: no hay mito revivido que sea ingenuo ni ajeno a su contexto. En este sentido, podemos pensar que el mito puede adscribirse a un determinado discurso (conformado por palabras, prácticas, afectos e imaginarios), es decir, puede funcionar como una herramienta retórica para redireccionar determinados afectos, según sea requerido, como los de la población de Coita, Chiapas que pasan los días encerrados en sus casas por temor al hombre lobo, más que por la pandemia declarada por la OMS.

En cuanto a los orígenes, Eliade sostiene que “conocer los mitos es aprender el secreto del origen de las cosas. En otros términos: se aprende no sólo cómo las cosas han llegado a la existencia, sino también dónde encontrarlas y cómo hacerlas reaparecer cuando desaparecen” [3].

La idea de saber dónde encontrarlas y cómo reaparecen está estrechamente ligada a la evolución de los temas literarios de una sociedad, es decir, que se transforman e incorporan afectos y representaciones. Por lo que, pensar la literatura de una sociedad de manera abstracta, y no como algo que puede afectar las prácticas y las formas de pensar concretas, nos aleja de poder acercarnos a otras maneras de ver el mundo y entender su complejidad.

Es por eso, que no debemos pasar por alto los mitos que reviven y transforman la cotidianeidad, como si se tratase de narraciones fantasiosas, sino analizar qué es lo que está sucediendo detrás de ellos, qué reivindican y por qué se vuelven verosímiles para las personas, aun en una sociedad con medios de comunicación masiva como la nuestra.

[1] Eliade, Mircea. 1991. Mito y Realidad. Barcelona: Editorial Labor, p.p. 5

[2] (Eliade 1991, 6)

[3] (Eliade 1991, 10)

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