Por Alessandra Galimberti SemMéxico Feminismo es una palabra, pobrecita, que carga siempre un fardo tan pesado de mil prejuicios, mitos y leyendas, que cada vez que se la nombra explícitamente –como en el título de este libro-provoca usualmente una reacción automática y generalizada de algo parecido a un espanto: una especie de prurito en las orejas, miradas retadoras, cuerpos tensos y a la defensiva, listos para brincar y rebatir atropelladamente algo así como por ejemplo…”chin… pero si los hombres también lloran”…Como si el feminismo fuera la negación del llanto, como si el feminismo no señalara precisa y obsesivamente la arbitrariedad social, transmitida de generación en generación, que se empeña en reducir al hombre, al ser masculino, a un simple palo, barrote, garrote, seco, rígido, sin derecho alguno a las lágrimas. Y es el que feminismo, más allá de si doctrina, metodología, perspectiva analítica, ideología o marco teórico, es sencilla y fundamentalmente unos lentes; unos lentes que cuando te los pones, eso sí, te los pongas como te los pongas, te arroja a un cosmos socio-político-cultural lleno de relieves y oquedades, donde la protagonista principal, por presencia o ausencia es la mujer: la mujer y su manera de estar/poder estar/deber de estar/deseo de estar/intento de estar o imposibilidad de estar en este mundo donde precisa e injustificadamente los hombres todavía no pueden llorar abiertamente pero sí blandir su tranca, su espada, su falo, su bastón de mando o su machete para defender su supremacía, sus privilegios, su prestigio, su honor, su valentía, su mal entendida hombría. Y ello en el contexto de una sociedad que aún hoy en día está fuertemente jerarquizada por razones de sexo y, a la vez, por razones de raza y etnia y edad y geografía; por razones –asimismo- de credos y afectos y preferencias y economía y escolaridad y linaje y muchas, muchas cosas más… una sociedad, en definitiva, donde la vida se vuelve -para todos, pero en especial para los seres de sexo femenino- una heroica proeza de sobrevivencia de todos los días. Son unos lentes, estos, los del feminismo, que arrojan pues sin piedad a un universo plagado de grandes y pequeñas violencias, injusticias y agresiones contra la mujeres. Y como en todos los ámbitos de la sociedad (¿cuál se salva, si no?), el del arte popular, ámbito al que hace referencia este libro, no está exento de todo ello. En mayor o menor medida se reproducen aquí esos mismos mecanismos sociales de corte sexista por los que la diferencia se torna en desigualdad. Los artículos reunidos en Mujeres, Feminismo y Arte Popular, de Eli Barta y María Guadalupe Huacuz Elías (Coordinadoras, UAM, Xochimilco, México, 2015) hacen mención a esta dura realidad de inequidad. Así pues la labor de las mujeres artesanas aparece asociada a factores tales como: menor reconocimiento y valoración a su creatividad, menor acceso a las materias primas, menor acceso a las plazas públicas de venta y distribución, menor valor económico de sus piezas, mayores cargas de trabajo, mayores presiones familiares y sociales que comprometen un entorno de tranquilidad o inclusive una mayor vulnerabilidad ante un sistema capitalista depredador que favorece a los intermediarios, a las clases pudientes consumidoras de sus productos, así como a las dependencias gubernamentales y sus políticas públicas. Sin embargo, el feminismo no se limita solamente a poner el dedo en las llagas. Brinda también, en contrapartida, un mundo lleno de belleza y por ende de esperanza. De esa misma que te hace dejar dulcemente sobre el regazo el libro que estás leyendo, suspirar y con la mirada extraviada abandonarte a las ensoñaciones que te invaden al evocar a todas estas mujeres artesanas que, a lo largo y ancho del continente americano, elaboran con sus manos obras artísticas maravillosas, sembrando el mundo de hermosura, pero también y sobre todo de fuerza vital, lucha, búsqueda, reivindicación, identidad y resistencia. Y pienso, por ejemplo, en las alfareras nahuas de Tlayacapan (Morelos) que se empecinan en seguir elaborando “los juegos de aire”, pequeñas piezas escultóricas, usadas para restablecer la salud y el equilibrio espiritual en el seno de la comunidad, más allá de los centros médicos oficiales. Pienso, por ejemplo, en las mujeres afroamericanas de Estados Unidos que desde la época de la esclavitud hasta el día de hoy confeccionan mosaicos de tela, narrando las atrocidades del racismo, mismas que se escuchan en la voz quebrada de Billie Holliday al entonar la canción de Strange Fruit. Pienso, por ejemplo, en el testimonio de Josefina Aguilar, señora oriunda de Oaxaca, que con una espina de maguey modela su autorretrato en barro, mirándose y desdoblándose en las mil mujeres que es. Pienso por ejemplo en las bordadoras de Tenango (Hidalgo) que pueblan los lienzos blancos con los seres míticos, fantásticos y reales que viven en los cerros protectores de sus vidas y sus sueños. Y así podría seguir enumerando hasta el infinito y suspirando con esa sonrisa interna, de complacencia, extendida de ovario a ovario; esa misma sonrisa que provoca también el saber que hay mujeres como Eli Bartra, como María Guadalupe Huacuz Elías, las coordinadoras, y como las articulistas e investigadoras que se dan a la tarea de traer a la luz, acercarnos y compartir el devenir de estas grandes maestras del arte popular. Esa misma sonrisa grande que nace igualmente al escuchar, por ejemplo, a don Samuel, un viejo y sabio comunero de la Sierra Mixe que, al preguntarme y platicarle de este libro que me vio leer, exclamó admirado “¡cuántas mujeres luchonas!” y entonces pienso y refrendo que sí, efectivamente, hay hombres que sí se conmueven, sí se emocionan, sí saben llorar y que con ellos es posible caminar y que todo, todo ello y más, es razón suficiente para querer seguir aquí, de este lado, del lado de los vivos y de las vivas y no quererse pasar allá, del otro lado, a cantar al oído arrullos de cuna a las compañeras, madres, amigas, hermanas, hijas, vecinas que se nos han ido, arrebatadas por la extrema violencia machista; esa misma violencia retratada en los exvotos femeninos de Chalma o en los tejidos de la artesana Ivone Junqueira que, puntada a puntada en su casa de Porto Alegre, en Brasil, exhuma su propia vida reproduciendo el lienzo “Unos cuantos piquetitos” que, muchos, muchos años atrás, Frida Kahlo pintara tras saber de un feminicidio. Y pienso entonces (ya para cerrar) que el arte –cualquier arte- salva; salva a quien lo hace y a quien lo admira.
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