Por Amaury David Sánchez Burelo Si usted lector nunca ha leído algo de lo que ha escrito Milan Kundera, La fiesta de la insignificancia es una buena manera de acercarse a su obra, dado que en ella se encuentra lo que lo diferencia de otros escritores europeos y con ello, me refiero a la ironía que resguarda bajo su toque de seriedad literaria. Como el título lo dice, este libro es la celebración de su regreso a los caminos novelescos. Desde el 2000, con La ignorancia, no había escrito algo por los mismos rumbos, pero el retorno muestra que la espera valió la pena y permitió al autor revisitar su universo, lo que le rodea, la sociedad, la broma y otras diatribas humanas. Cuatro protagonistas, cada uno con diversos orígenes son reunidos para festejar la vida y muerte de uno de ellos, mientras el enamoramiento de una ayudante portuguesa se percibe, Stalin alaba su decisión de cambiar el nombre de una ciudad por el de Kaliningrado, unos ángeles caídos se colapsan, el recuerdo de una madre invade la estadía, para que todo se consuma en un obra de teatro de marionetas, que permite ver a los personajes reflejados en esos muñecos. La novela, dividida en 7 partes, ofrece al lector una visión del mundo contemporáneo, desde lo cotidiano de una salida a un parque, hasta lo más recóndito de una reunión intelectual, para que de esta forma, se entienda cómo el hombre está en constante cambio y que a cada una de sus facetas, busca imprimirle algo de diferencia. El sarcasmo o ironía permanece en el texto del escritor checo, dado que busca burlarse de todo, de lo intelectual, de lo nimio, de lo mínimo, de lo abstracto, hasta de sí mismo y en todo eso se tiene que fijar bien lector, lo que pueda parecerle chistoso en La fiesta de la insignificancia, pudiera estar haciendo referencia hasta de su estilo de vida, de lo que le agobia o le hace feliz, pues no se tiene consideración al momento de escribir. Como ha leído en unos párrafos arriba, la no seriedad en Kundera es evidente en toda su obra y es porque la risa que produce cada uno de sus diálogos, tramas o narraciones, son una cuchilla que se va clavando más y más, entre los personajes mismos y usted lector, quien notará una interpretación de su realidad muy fidedigna ¿Acaso no ha ido a una fiesta y se ha encontrado con el espíritu de uno de los héroes de su nación? Kundera tampoco se puede tomar en serio a sí mismo. Ramón, uno de sus protagonistas, en discusión consigo mismo sobre las bromas, exclama ¡La era de la posbroma! Denostando que tal palabra ya no tiene el mismo valor frente a la sociedad y la historia, sino que el cambio fue drástico, sin aviso previo para quien la viviera, como la muerte. Es entonces que lo insignificante perdura tras los años, lo efímero no pudo ser arrastrado por la temporalidad y menos por las modas que cambian al arte, ese arte que no sabe cómo definirse en nuestros días. Días que le dieron al hombre una razón de ser, una interpretación de ello, asomarse por el ombligo de una dama, para buscar su origen, el enraizamiento que lo trajo humanidad, todo aquello que nos mantiene como sobrevivientes: La futilidad de la especie. También nos muestra como seres insignificantes, así nos construye el narrador, que bien pudiera ser el autor o alguien inútil. Vacíos e innecesarios, serían las palabras claves para nuestra descripción novelesca, pues insistimos en mantenernos, sobrevalorarnos, ante toda la naturaleza que bien se está yendo al caño, no es que sea fatalista, sino realista, ante la comedia de los hombres. Así es, querido lector, luego de tantos alardeos, explicaciones, le puedo recomendar como un mal reseñista, que obtenga, preste, robe o escóndaselo a quien más confianza le tenga y lea La fiesta de la insignificancia, para que pueda admirar todo lo que Kundera le tiene que decir, pues al final de todo, somos animales sin peligro de extinción.
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