DestacadosOpinionEntre líneas y grietas / La educación en los tiempos del acoso

Ronny Aguilar23/03/2020

Columna por: Astrid Dzul Hori

La educación en los tiempos del acoso

El amigo, el maestro, el compañero, el colega en el que alguna vez confiaste y con el que muchas veces trabajaste en equipo, terminó en el tendedero de denuncias de acoso: ¿cómo le quitamos la máscara a aquella violencia que se disfraza de supuesto cariño, de confianza, de compañerismo?

Tras las protestas del 8M, mujeres pertenecientes a diferentes instituciones educativas se organizaron para colgar tendedores de denuncias de acoso en los espacios comunes de sus respectivas instituciones.

Los tendederos constituyeron una movilización sin precedentes, ya que no se trató de un suceso centralizado, sino que se dio en diferentes lugares del país, despertando múltiples inquietudes en las personas involucradas y/o relacionadas con los presuntos agresores. Funcionaron como un ejercicio de visibilización de las violencias de género que sufren las mujeres en centros educativos, como una demanda ante la falta de acciones por parte de las autoridades correspondientes.

Si bien, se han desarrollado protocolos para tratar la violencia de género, estas denuncias masivas alertan a las autoridades y a la sociedad que la efectividad de dichos protocolos es escasa o completamente nula.

En este sentido, la cuestión que me parece pertinente problematizar, dado el papel fundamental que tiene la educación para la construcción de individuos en una sociedad, es: ¿cuáles son los retos del sistema educativo, de nosotros/as como ciudadanos/as, como docentes, como alumos/as, como sociedad? Es un hecho que un índice importante de mujeres es violentado en las instituciones educativas.

Negarlo, como lo han hecho funcionarios públicos, no enmienda el problema, no lo contiene; por el contrario, incrementa notablemente el desconcierto, la insatisfacción y el enojo de las mujeres violentadas y silenciadas.

Cuestionarse por los retos a los que nos enfrentamos en el ámbito educativo me parece fundamental, ya que la educación no sólo se da en el salón de clases, sino en el núcleo familiar, en el espacio público, en las relaciones sociales, en las empresas, en las relaciones afectivas, etc.

Es decir, juega un papel fundamental en cómo nos configura y nos transforma individual y colectivamente. De esta manera, si en espacios educativos se fomentan pensamientos y acciones que producen y reproducen las violencias de género, desde no dejarnos hablar en clase por ser mujeres hasta abusar sexualmente de nosotras al estar indispuestas o para obtener algo a cambio (a modo de chantaje), dichas violencias se constituyen como elemento intrínseco del tejido social y reducen la posibilidad de que se conozcan o desarrollen otras formas de individualidad y colectividad.

Si en los espacios educativos se fomentan las violencias de género y se silencian a las víctimas, ¿cómo podemos aspirar a construir sociedades con pensamiento crítico si la educación parte de la violencia y el silencio? La educación ayuda a la construcción de los ciudadanos y las ciudadanas del futuro; si educan violadores y agresores, ¿con qué valor moral nos hacemos llamar una sociedad progresista e incluyente? ¿Con qué valor moral le damos la cara al resto del mundo?

Los retos que enfrentamos como sociedad, que conjuntamente construye la educación que provee a sus individuos, requieren de medidas más drásticas que dar cursos o talleres de perspectivas de género a los profesores y alumnos, personal administrativo y de intendencia.

Se requiere potenciar la educación con perspectiva de género desde los comienzos de la formación académica. Es importante dejar a un lado la educación fundamentada en la instrucción, en la memorización de contenidos y en la separación de criterios según el género (escuelas de niñas y de niños), en dejar de concebir a las mujeres como objetos de posesión que responden con dinámicas de sumisión en su desarrollo profesional; no construir maestros/as automatizados/das, sino facilitadores de conocimientos críticos y reflexivos que no estanquen a los/as alumnos/as en el sentido común y en las obviedades.

Dejemos de sacralizar a los profesores por sus conocimientos e ignorar sus acciones u omisiones, que estas también forman parte de ellos; dejemos de defenderlos y protegerlos si son violadores y/o acosadores. Si continuamos produciendo y reproduciendo la violencia de género sentamos las bases para más vidas invivibles, llenas de silencio y agresión, golpes y maltratos, sumisión y dependencia.

Los tendederos en espacios educativos, aunque rudimentarios, no sólo incitan a que las mujeres violentadas dentro de la academia alcen la voz, sino que ayudan a concientizar a la comunidad para que haya un ejercicio de reflexión sobre quiénes son las personas con las que se convive y trabaja, quiénes forman parte de la cotidianidad y cuáles son las influencias que tienen sobre cada uno, hasta qué punto se trata de un abuso de poder o no.

Este ejercicio de saberse conscientes y participantes de ciertas dinámicas de violencia de género puede usarse como semillero para reconfigurar la pedagogía y los espacios educativos radicalmente: desde el salón de clases hasta la familia o la relación de pareja.

Es una cuestión que nos compete a todas y todos: la educación nos construye en la medida en que la construyamos con buenos elementos. Una manera fundamental de hacerlo es a través de reformar la educación: sus procesos, relaciones, saberes, estructuras y sistemas.

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *

Síguenos