Por Roberto Grajales Desde arriba han querido apagarnos todas las luces, han querido enterrarnos en la oscuridad del silencio, pero dentro de la bestial guerra contra la vida, la rebeldía combate a la muerte. A 23 días del ataque terrorista del Estado sobre los estudiantes de Ayotzinapa, seguimos preguntándonos ¿Dónde están? ¿Dónde están? Y esas voces que quisieron silenciar, ahora retumban por todos los rincones del mundo. El eco se extiende y se convierte en indignación y rabia. ¿Quién fue? Nos preguntamos, sabemos que hay unos que son más responsables que otros, pero la realidad es que el culpable es el sistema capitalista y el Estado que lo protege. ¿Por qué? ¿Por qué los asesinaron? ¿Por qué se los llevaron? ¿A qué le tiene miedo el Estado? Le tiene miedo a la rebeldía, le tienen miedo a la verdad y a la justicia. Y quieren borrar con balas lo que es imborrable. Es en Guerrero, se excusan los gobernadores para no declarar en contra del Estado que los llena de privilegios. Es el PRD, dicen los PRIísta que quieren lavar con sangre todas las matanzas que han orquestado. Son los “chuchos”, dicen los que predican la paz basada en la sumisión y en el olvido y que no quieren perder su espacio en el Estado. Otros, los que predican la liberación por medio de las leyes que la frenan, mejor no dicen nada; claro, ellos son parte del circo democrático de nuestro país. Pero desde abajo, las voces se suman, las manos se toman, las miradas se cruzan y los corazones se hermanan ¡Vivos los queremos! Se corea por las calles. Y no falta algún despistado que asegura que están muertos. Y tal vez sea cierto, tal vez estén muertos y nos preguntemos ¿Dónde están enterrados? ¡En ningún lado! Porque no hay una fosa tan profunda para enterrar la dignidad. No están enterrados, están sembrados. Sembrados en las calles, en las fábricas, en las milpas, en las escuelas, en nuestras casas, en nuestras manos, en nuestras miradas, en nuestro coraje y en nuestros corazones. Y la semilla está germinando y crece por todos lados la dignidad y la rebeldía. ¡Que arda Guerrero! Y que el fuego encienda todas las luces que nos han apagado. No bastan las licencias y las investigaciones, no bastan las renuncias, no bastan las expulsiones. ¡Castigo a los culpables! ¡Justicia para Ayotzinapa! ¿Quién los va a juzgar? ¿Su Suprema Corte de Justicia? ¿Sus leyes? ¿Sus poderes de la Unión? Si alguien debe juzgar a los culpables, deben de ser las masas enfurecidas de trabajadores. Si alguien tiene que juzgar a los culpables, debe ser el pueblo digno con su digna rabia. Actos violentos, actos vandálicos, repiten los merolicos de los medios de información, cuando con dignidad se quema un edificio de poder, que está corrompido y podrido. Pero no dicen nada cuando desde esos edificios se ordena la muerte. Así viven las clases dominantes: del sufrimiento y de la muerte de las clases dominadas, consideran natural este absurdo estado de cosas. Pero se han encendido las velas que nos conducen a exigir nuestro inalienable derecho a la vida. ¡Están vivos! ¡Están vivos! Están vivos en cada uno de los que, con el puño en alto gritan ¡Vivos los queremos! Y si alguien tiene que morir, que mueran los tiranos, que al fin son los menos. Ellos empezaron la guerra y nosotros la terminaremos ¡Desde Ayotzinapa, hasta la victoria!
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