Por Roger Elías Cornelio Sosa LERMA, CAMPECHE, Cam. 4 de enero del 2015.- Siempre hemos de encontrar la magia que hace de Campeche, un lugar incomparable. Seguir sus rutas para explorar y conocer nuevas vetas de su inconmensurable riqueza cultural, se convierte en experiencias únicas. Al igual que la arqueología, playas, entorno colonial y artesanías, están también las tradiciones religiosas y gastronómicas. Este es el caso del festejo religioso a los Reyes Magos en el poblado de Lerma. Una tradición que inició hace 104 años, como ofrenda de gratitud por la buena cosecha y prosperidad en armonía para todos. Los místicos de oriente, narran los fundadores, bendijeron con su magia a esta comunidad para que ya no existan más plagas ni desgracias para el campo. Nos tocó hacer un recorrido fabuloso por Lerma, poblado que ha sido atrapado por la mancha urbana de la capital del estado. Esta comunidad que se encuentra a unos cientos de metros de la ciudad de San Francisco de Campeche, rumbo al sur, está enmarcado por su bello mar. Orgullosa, muestra al visitante su hospitalidad y alegría. Aquí las familias preservan las buenas costumbres de forma provincial: sin celos, envidias, enojos ni distanciamiento entre ellos. En este lugar -aparentemente pequeño-, todos se llevan amistosamente; todos se conocen y el concierto general es de festividad y algarabía, aún sin importar si es día hábil o entresemana. La fecha de la celebración se cumple al parejo, y los patrones lo saben. Para llegar a Lerma, si vives en la ciudad capital o eres visitante, tomas el camino de la avenida Resurgimiento y ésta te va llevando por paisajes donde podrás admirar grandes vestigios de barcos camaroneros encallados, pelícanos y gaviotas por el lado derecho; a la izquierda podrás ver la zona de depósitos petroleros enclavados en los cerros. Una vez pasada esa zona, empezará la reminiscencia de la industria del camarón. Sobre la amplia avenida se dispersan algunas cooperativas camaroneras y fábricas de hielo que se resisten a morir. Conforme te adentras a la ciudad, la calle principal se hace cada vez más angosta, mostrando la arquitectura de edificios que se niegan a ser vencidas por el inexorable tiempo. Avanzas un tramo más y al llegar a la bifurcación de la principal arteria con la tiendita “La Libertad”, encontrarás a escasos 60 metros el domicilio de la familia Xamán Canul, lugar donde desde hace 104 años se celebra por tres días consecutivos a los Reyes Magos. A partir del día cuatro de enero, la agitación festiva reúne a más de 60 familias. Es la identificación plena de quienes aquí habitan, idiosincrasia pura que les da sentido de pertenencia.
Estas festividades del cuatro al siete de enero, tienen su origen a una promesa de fe. Los protectores de la tradición narran: “…el abuelo mayor, el primer Xamán, llegó con su esposa y otras 12 familias provenientes del poblado de Muna, Yucatán; huían de la viruela negra que ya había causado muchas muertes en aquél lugar. “Se establecieron aquí en Lerma en el año de 1907. Al principio no les fue nada bien. Él se dedicaba, como todos los que llegaron, a las labores del campo cultivando maíz. Desafortunadamente cada temporada, durante cuatro ciclos consecutivos, asoló coincidentemente una plaga de Langosta que devoraba cada planta que lograba germinar. “Cansado de esta situación y desesperado por no poder llevar el alimento a sus familias, un cuatro de enero de 1911, decidió encomendar sus cultivos a los Tres Reyes Magos. Al paso de las semanas su fe se fortalecía. El cultivo marca sus tiempos y, para su sorpresa, el maíz empezó a espigar “rete bonito”. -Poco tiempo después comenzaron a surgir las mazorcas, sin que plaga alguna amenazara su evolución. El maizal creció bonito, el producto se cosechó en abundancia y en cada hogar las familias celebraban de alegría-, narra doña Yolanda Xamán, nieta del precursor de la tradición.
Fue en este momento cuando se decidió ofrendar la cosecha a los Reyes Magos. Se unieron todos y acordaron que se haría una celebración por tres días consecutivos. El abuelo mayor juró que mientras él y su descendencia existieran, harían los honores a los personajes de Oriente, en un ambiente de camaradería, unión y amistad fraterna. Al paso de los años, algunas familias más se sumaron a esta celebración, aun cuando no se dedicaban a la agricultura. De otras partes de la población llegaban para integrarse jubilosos a esta promesa de fe, que se fue extendiendo a todas las ramas productivas y laborales como la pesca, artesanía, comercio y demás. Lo primero que se hace, pues, consiste en instalar un altar con las fotos de los abuelos pioneros. Junto a ellos las imágenes de los Reyes Magos, a los que se le encienden veladoras como parte fundamental del ritual religioso. Al final de cada día –del cuatro al siete de enero- por la noche se lleva a efecto el novenario. Nos platica la señora Yolanda Xamán Barbeíta, cocinera principal de los alimentos en esta tradición, que el primer día se comienza sacrificando a los cerdos ofrendados por cada una de las familias que participan en la celebración, a quienes se les denomina “patrones”. El número de participantes varía entre 40 a 60, de este grupo, porque en otros barrios y suburbios del poblado se organizan también otros grupos de 30 o más familias, para el mismo ritual.
Con los cerdos que se sacrifica en los patios de la casa sede del festejo principal, se prepara la comilona de este día que consiste en: chicharrón, castakán y puyul; mientras que la carne, huesos, costillas, codillos, pezuña y demás, se divide en partes para los guisados de: Frijol con puerco (día uno), tamales y cochinita enterrada (día dos) y pavo en relleno negro y carne adobada, acompañada del k’ol para el último día. Vale la pena mencionar que ahí mismo, en el traspatio de la casa, se elaboran todos los guisos en una improvisada gran cocina, con mesas rústicas, peroles, tambores y gigantescas cacerolas. Ahí pudimos observar cómo las mujeres se esmeran preparando todos los utensilios desde días antes. Para esto, ya fue amontonada en orden la suficiente leña, unas dos mil rajas, y los tres costales de maíz de la primera cosecha. Aquí mismo se prepara el nixtamal, con agua y sal en los barriles de metal puestos en el fuego con harta leña, hasta que esté bien cocido (tzaká). Posteriormente es molido para obtener la masa que servirá para preparar los tamales y el k’ol. Para esto, desde las primeras horas de la tarde llegan las familias enteras participantes en el festejo y se distribuyen en dispersos toldos, mientras un grupo musical ameniza el ambiente. El Frijol con puerco cocinado en cantidades industriales, se sirve a diestra y siniestra. Por la tarde, ya oscureciendo, con la masa, puerco crudo adobado con achiote y envueltos en gigantescas hojas de plátano, se elaboran los tamales de un tamaño mayor al convencional. Éstos se colocan al vapor en unos enormes tambores de uso apícola, distribuyéndolos en su interior en forma circular y dejando un hoyo en medio, donde deposita un gran tamal especial -llamado “La Tapa”-, cuyos ingredientes son exclusivamente las pezuñas del cerdo.
El segundo día, cinco de enero, desde temprano se comparten los tamales que se estuvieron cocinando al vapor durante toda la noche. Por la tarde se desentierra la “Cochinita Pibil” para repartir a todos los participantes, invitados y visitantes. En tacos o trozos, niños y grandes dan cuenta de este típico banquete regional. El organista sigue animando y la gente bailando en una improvisada pista. Aquí empieza otra algarabía con el baile del gallo. Este ejemplar es sacrificado ya entrada la noche junto a otras aves, principalmente “Pavos de patio”, entregados como ofrenda también. Llevan como distintivo especial un lazo alrededor del pescuezo. Con estos especímenes y algunas gallinas, se preparará el Relleno Negro para el día siguiente. Todos los guisos son compartidos con los visitantes y lugareños que asisten año con año a esta bonita tradición; parte de esta gente lleva como regalo o donación, pequeñas piñatas en forma de pavos o canastas, ambas llenas de dulces. Nadie se atreve a tomar nada antes de tiempo, porque de lo contrario en castigo tendrá que devolver tres piñatas o canastas al año siguiente. Si no cumplen, tendrán un año de mala fortuna.
Resta decir que ya entrada las siete de la noche de cada día, las familias salen a un paseo por diversas calles del poblado, acompañados con música viva y los tres estandartes de los Reyes Magos con sus figuras representativas. Al retornar a la sede, a las nueve de la noche, continúa el novenario que consiste en rezos y letanías para la prosperidad de la próxima cosecha y buena suerte para lugareños y visitantes. El día seis de enero, desde temprana hora comienzan los preparativos del manjar culinario que corresponde. El chilmole es natural. Para ello se “queman” sobre las brasas como seis costales de tortillas ya secas y algo de chile. Toda esta mescla se muele y cocina junto con el tomate, cebolla, ajos y otros ingredientes “secretos”, hasta lograr la consistencia ideal para el guiso negro. Los pavos, gallinas y gallos, ya para eso están a punto. A las tres de la tarde que llegan, el platillo está listo para degustar. Al filo de las cinco de la tarde de este mismo día, se hace el último recorrido del festejo, bailando las mujeres con sus ternos de mestiza y los caballeros con su pantalón y guayaberas blancas, la “Cabeza de cochino”, sobre una especie de bandeja adornada con papeles multicolores muy llamativos. Así se acostumbra entre tres o cuatro grupos de familias de otras partes de la comunidad, que también siguen la tradición. La primera parada es la terraza que queda justo frente al mar, donde convergen otros grupos de bailarines, tres o cuatro. Cada uno espera su turno para la ejecución de la tradicional baile. Después de la danza con su contagioso ritmo, se dirigen a las casas de las personas dueñas de la cabeza del cochino para dejarlas ahí, donde son recibidos con refrescos y dulces para todos. Finalmente regresan al lugar de donde salieron. Se realiza así la última novena del festejo a los Reyes Magos. Al día siguiente, siete de enero, todo vuelve a la calma. Las mujeres que ayudaron en la cocina regresan para el “lavado de trastes”. Todo lo sucio se limpia, se recogen los utensilios y la música se apaga. Las damas son recompensadas con una enorme piñata repleta con dulces y, sobra decirlo, la gratitud eterna por todos los comensales. ¡Magnífica y hermosa tradición! ¿Te animas a participar este año?
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