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Empresas palmeras acumulan riquezas, a costa de destrucción de comunidades

El activista José Luis Caal señala que el despojo se da principalmente de tierras y aguas en Guatemala y el Estado protege y avala el discurso empresarial de que “el progreso de escribe con p, de palma”. Esto es lo que se prevé suceda en los municipios del sur de Campeche. Por Ronny Aguilar CIUDAD DE MEXICO, 11 de octubre del 2016.- José Luis Caal, del Instituto de Estudios Agrarios y Rurales de la Coordinación de ONGs y Cooperativas de Guatemala, relata cómo se ha dado el despojo y la acumulación de las tierras por parte de las empresas palmeras y cómo han acumulado riquezas, a costa de la destrucción de las comunidades, los núcleos familiares y la confrontación entre habitantes. El defensor del medio ambiente y las comunidades indígenas explica los procesos que se viven en Guatemala con respecto a las plantaciones de palma aceitera y la destrucción de la estructura de la comunidad, algo que ha sucedido en Chiapas y que se prevé suceda en Escárcega, Calakmul, Carmen, Candelaria y Palizada, con la entrada masiva de este monocultivo extensivo. “En Guatemala, vivimos un proceso de acaparamiento de tierras y que se da inicialmente en la costa sur del país y cuando se terminan las tierras en la costa sur y las aguas se contaminan, y los ríos se desvían, se pasan a las tierras bajas del norte, que son conocidas como la franja trasversal del norte, donde aún quedan tierras, aguas y bosque, por lo que ahora están dándole a ese acaparamiento de tierra, que no solo es la tierra, sino el agua, pues donde hay agua es donde les interesa establecer sus plantaciones de palma”, expresa. “Este acaparamiento es más bien un despojo, la gente se ve obligada a vender su tierra por amenazas y coacciones y diversas estrategias, los cercan y no los dejan entrar a sus parcelas, a las áreas de cultivo, entonces se ven obligados a vender su tierra, otra cosa es la ausencia del Estado”, puntualiza. Detalla que después de la firma de los acuerdos de paz, el Estado adjudicó tierras, pero sin el componente de asistencias, ni asesorías para trabajar la tierra, con la falta de asistencia técnica y políticas para el campo, la gente se ve obligada a vender la tierra, lo que ha generado una destrucción total de la vida, pues la gente se queda sin tierra y el empleo que ellos prometen no existe, o sea, que la gente no tiene ahora ni donde vivir. “Se está dando un cambio muy drástico en el uso de los suelos, antes se usaban para el cultivo de granos básicos, ahora es para la palma, o sea, que hay menos tierra para el maíz y los granos básicos, la pobreza se está incrementado, y hay desnutrición”, agrega. “Se están destruyendo las comunidades, dividiéndolas, el tejido social está desapareciendo, están siendo obligados unos a vender su tierra y otros fuerza de trabajo, pero muchos resisten en prácticas de sistema de producción tradicionales, en su maíz y los cultivos originarios y están en contra de este sistema impuesto, originando un problema en las comunidades”, asienta. Caal asevera que lo que perciben es un control del territorio de parte de las empresas, lo cual afecta en lo social, en lo económico y en lo cultural, y es desastroso para los pueblos y comunidades. “El discurso de las empresas es que este modelo agroindustrial es para fomentar el desarrollo rural integral, el lema que tienen ahora es “El progreso se escribe con P, de Palma”, ellos afirman que la palma es la solución y que incluso contribuye a la seguridad alimentaria, pero vemos exactamente lo contrario. Pero viene el Estado, legitima ese discurso empresarial y se convierte en un facilitador de los mecanismos para dominar a la gente, en Guatemala, ese discurso es dominador total  de la población”, lamenta. “Esto representa una violación constante y permanente a las comunidades indígenas, ya que se vulneran derechos a la salud, a la educación y se suma a la crisis que vive el Estado guatemalteco, sumado a una industria que se está beneficiando importante económicamente, resultando como víctima directa la población”, menciona. “A lo anterior, hay que sumarle la instrumentalización del ser humano, ya que los pobladores están pasando a ser solo una herramienta de trabajo de la industria, primeramente no se paga el salario mínimo, segundo, jornadas laborales que se prolongan desde la madrugada hasta la noche siguiente, descuidando el núcleo familiar y la organización comunitaria, lo que destruye la forma de vida comunitaria y familiar, ya que la gente solo se dedica a trabajar para las empresas”, apunta. Destaca que hay ahora mismo una campaña masiva televisiva de los palmicultores, señalando que se generan 25 mil empleos directos,  lo cual genera riqueza, pero no para las comunidades, ni en los municipios, sino que se concentra en las familias dueñas del capital, y se está dando a través del despojo de la tierra.