La desigualdad cultural en Campeche

In Opinion
Ni una más

Por Héctor Malavé Gamboa

El Instituto Campechano vivió sus épocas de gloria a finales del siglo XIX y las primeras décadas del siglo XX. Sin embargo, fue una educación para la oligarquía intramuros, una élite educada y culta para gobernar. Después, el Instituto Campechano perdió su esplendor local y regional. Antes del gobierno de Alberto Trueba Urbina, la entidad contaba con dos carreras de nivel superior impartidas en la vieja escuela: jurisprudencia y la normal de maestros.

En un contexto de modernización, el doctor Trueba Urbina (célebre por su Ley Federal del Trabajo) fundó la Universidad de Campeche, con el fin de evitar la fuga de jóvenes campechanos a los estados de Mérida, Veracruz o la Ciudad de México, a continuar sus estudios superiores.

Una muestra de la desigualdad cultural de la clase gobernante es que Héctor Pérez Martínez, Alberto Trueba Urbina y José Ortiz Ávila, todos ellos habían sido egresados de la UNAM. Mientras la población local, hijos de campesinos y pescadores, sufrían un grave analfabetismo y un destino en el mar, el campo o el ocaso de la explotación.

De manera legal, los gobiernos socialistas modificaron la costumbre estrecha de la educación por una razón social. Las misiones culturales cardenistas intentaron alfabetizar a la población extra murallas, pero no era suficiente. El rezago educativo entre la élite y el pueblo se intentó cerrar con la creación de la Universidad de Campeche.

El 5 de noviembre de 1957, dice Alcocer Bernés[1], Alberto Trueba Urbina decide crear la universidad de Campeche, pero el proyecto duró poco tiempo. Sin embargo, el proyecto sufrió una discontinuidad por las desavenencias políticas entre Trueba Urbina y el coronelazo José Ortiz Ávila, quien con el apoyo económico el gobierno de Gustavo Díaz Ordaz, la Universidad de Campeche se transformó en Universidad del Sudeste. Se establecieron las escuelas de comercio, medicina, derecho, odontología y enfermería, cuya inauguración oficial contó con la presencia del presidente de la República, Gustavo Díaz Ordaz, un 7 de agosto de 1965.

Pero la siguiente observación, es menester hacerla, cuando en todos los países occidentales, como Francia, Estados Unidos, Chile y México, y otros estados, como Michoacán, Guerrero, etc.., se agitaban vientos de cambios democráticos y culturales, en Campeche todavía no había una tradición estudiantil, ni magisterial de lucha democrática. Es más, ni un matriculado con cédula profesional, evidenciando que la desigualdad no sólo había sido económica y política, sino también cultural entre el pueblo y la clase dominante.

Los ecos de la inconformidad surgirían entre los estudiantes, cuando en 1978, siendo rector Ermilo Sandoval Campos, afín al gobierno sansorista, enfrentó una desestabilización estudiantil entre planillas estudiantiles radicales y gobiernistas. Desde luego, la mano del gobierno estaba presente, las planillas “Mártires de Tlatelolco” y “Lázaro Cárdenas del Río” tuvieron desavenencias e iniciaron protestas que provocaron la salida del entonces tesorero y del asesor jurídico, pero lograron un aumento salarial en los maestros y la representación de líderes estudiantiles en el Consejo Universitario. Hecho preocupante para el gobierno local.

El avance democrático tenía que ser contenido y finalmente en 1979 termina su periodo Ermilo Sandoval Campos, en un contexto de debilitamiento político del sansorismo. Su lugar lo ocupó el ingeniero Humberto Lanz Cárdenas, con la clara intención del gobierno de Eugenio Echeverría Castellot de reforzar las medidas de control estudiantil, “purgar” a los estudiantes rebeldes.

El gobierno fundó la la Escuela de Ciencias Políticas y Administración Pública, con la intención de ser una escuela de cuadros del PRI, fundada en 1983 con el fin de profesionalizar la burocracia del Estado. Lanz Cárdenas, como premio a su gestión vertical, fue reelecto por el Consejo Universitario para el periodo de 1984 hasta 1987.

El gobernador Abelardo Carrillo Zavala nombró a Tirso R de la Gala (1987-1991), el acierto fue fundar la Facultad de Humanidades en 1988. Finalmente, el azarismo nombraría a Juan José Casanova Isaac (1991-1995), políticos desde luego. Sin embargo, aún Jorge Salomón Azar García tuvo el tino de nombrar a un académico, al doctor José Alberto Abud Flores (1995-1999), egresado de la Universidad de Essex, del que Alcocer Bernés dice que “salió por causas ajenas a la vida”.

[1] Véase el libro del Alcocer Bernés, J., “Del Enigma sin Albas a Triángulos de Luz”, UAC.

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