EEUU y México: Un acto desesperado contra su injusticia de ayer y hoy

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Ni una más

Por Verónica Lozada-Maldonado*

Le decían Peggy. Se llamaba Margaret Garner. Su historia reúne los ejes de esclavitud, mujer y menores, en la muy religiosa nación de Estados Unidos, durante su pasado esclavista del siglo XIX.

A fines de enero de 1856, Margaret, su esposo e hijos, junto a otros esclavos, escaparon hacia Ohio, cruzando el río Ohio congelado. Descubiertos, fueron rodeados y Margaret juró que mataría a sus hijos antes de permitir que regresaran a los horrores de la esclavitud. Mientras su esposo luchaba con los que derribaban la puerta, Margaret, repentinamente, dio muerte a su niña más pequeña, de dos años. Ya casi mataba a la otra hijita cuando los captores entraron y detuvieron a la familia. Llevada a juicio. Los honorables jueces, discutían si los Garner serían juzgados como personas y acusados de asesinato o, si bajo la Ley de Esclavos Fugitivos, que los consideraba objetos, propiedad de otro. La defensa pedía que Margaret fuera juzgada como persona en Ohio, estado libre. Los captores y el propietario enarbolaban la precedencia de la Ley Federal sobre el estado de Ohio.

Los poderes dominantes, al servicio del status quo calculaban los intereses para decidir los cargos. Si la acusaban de infanticidio, sentaría un cúmulo de precedentes, incluido el reconocimiento de derechos de los esclavos sobre sus hijos. Esa socarrona justicia decidió procesarla por destrucción de propiedad y enviarla de regreso a la esclavitud. El sistema de justicia de los EEUU esclavistas del siglo XIX, fallaba a favor de proteger el dinero antes que reconocer el valor de la vida humana. Unos cuatro años antes, había sido publicada, La Cabaña del Tío Tom, que horrorizó y sacudió a las decentes conciencias que “no sabían” en cuántas y cuáles horribles prácticas se desplegaba el esclavismo. Algunas mujeres y hombres blancos, se convirtieron en activistas a favor del negro de entonces. La historia de Margaret, agrandó la brecha entre abolicionistas y defensores de la esclavitud, condujo a la guerra civil y finalmente a la abolición de la esclavitud. Al menos en papel.

En 2002, conocí la historia de Margaret en mi visita al Freedom Center en Cincinnatti, Oh. Estaba ahí, como conferencista invitada por la Armstrong Chapel United Methodist Church. Para ese tiempo, yo empezaba a hacer activismo por los derechos de la mujer. El último piso del museo, está dedicado a concientizar sobre otras formas de sometimiento de la dignidad humana. Trata con fines de explotación sexual, trabajo forzado, tráfico de órganos, etc. La pederastia es retratada ahí como una plaga que azota a los menores a nivel global.

¿Por qué estoy hablando de Margaret?

Ayer al salir de un evento, reviso mi teléfono y lo primero que veo es el encabezado de una nota de Sin Embargo MX, Madre que mató a sus hijos denunció que el padre abusaba de ellos y la justicia le dio la espalda.

Lloré de dolor e impotencia. El abogado de Mireya, madre de los niños; resume muy bien el sistema de justicia mexicano “arcaico y deshumanizado”.

Las mujeres en este país, que hemos vivido en carne propia el abuso del esposo y padre de los hijos, sin tener ningún asidero de defensa o escapatoria, entendemos el infierno que significa eso. Incluso, la propia “familia” da la espalda a la mujer en muchas ocasiones. Le cree al hombre, porque las mujeres ya entramos a este mundo con déficit. La negación de justicia, la insensibilidad ante la violencia normalizada contra la mujer, que también cuenta entre sus cómplices a otras mujeres, el linchamiento social por “quererse” divorciar o huir. El enjuiciamiento y condena de la Iglesia o “comunidad” eclesial, a la que uno ha pertenecido y su portazo en las narices ante nuestra resistencia a la perversa interpretación de que eso es una cruz que las mujeres y los hijos deben llevar. La pérdida de un espacio familiar, de un entorno conocido, de una vida de familia que se pensaba construida, del trabajo como medio de sostenimiento; es un infierno que no deseo a nadie. ¿Cómo levantarse de las cenizas con tres niños que a la par de necesidades inmediatas, tienen fuertes heridas emocionales? Sin trabajo, sin techo, sin nada mas que la ropa puesta encima. Volver a levantarse en medio de los despojos, es una tarea sobrehumana. Especialmente, en una sociedad que no ayuda a la emancipación humana y a la construcción de su dignidad, pero que es muy pronta para juzgar a las víctimas. Quienes no han cruzado este infierno, tengan un poco de decencia y guárdense sus opiniones.

Es muy fácil para quienes no han vivido una situación límite como la de Margaret o Mireya, hacerla de jueces y condenar esos actos desesperados.

Margaret y Mireya son producto de sistemas injustos; que miran a las personas como mercancías, donde quien tiene dinero o amigos puede torcer el brazo de la “justicia”, convertir una falsedad en verdad legal e histórica, aplastando a su prójimo, así sean sus propios hijos. ¡Que no quede impune el perverso que propició este mal!

Espero que esto sensibilice y movilice a la sociedad a organizarse para transformar todas las instituciones de raíz. Margaret y Mireya no están distantes, son emblemas de nuestra descomposición como sociedad hipócrita, e indolente.

*Es teóloga protestante y abogada.

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